Para una crítica de la sinrazón impura

Querido E.

Con retraso de casi un semestre agradezco tus buenos deseos y augurios ante la última manifestación del inexorable avance del segundo lustro de mi sexta década de vida. Y si bien mi otrora excelente memoria ya lo es mucho menos, recuerdo claramente el tema y el contenido de un clip documental que me recomendabas ver que, además, continúa y complementa la ilación del que también me sugerías ver dos semanas antes, día más día menos, acerca de “la historia de las cosas”, y refleja, adivino fácilmente, una persistente irritación ante la práctica de la “obsolescencia planificada” que hace que sea más barato tirar a la basura una impresora descompuesta que hacerla arreglar (suponiendo que hubiera quien la arreglare) y comprar una nueva y más moderna en su lugar, e inclusive hacerlo cada vez que se acaba la tinta en los cartuchos, ya que ésos se venden a precio de oro; como sabemos ésa no es sino otra de las enojosas características inherentes al sistema económico que de buena gana o a regañadientes, pero sin alternativa, ha adoptado la gran mayoría de la humanidad. Y yo, que no por sexagenario y desmemoriado haya dejado de ser más estrafalario en mi modo de pensar y opinar de lo que es bien visto por aquello de la urbanidad y las buenas costumbres (aunque quizás debido a uno u otro de los mencionados fenómenos esa tendencia se esté exacerbando), me atrevo a sugerir que la obsolescencia planificada o integral no sería un invento de hoy ni de ayer, y ni siquiera fruto de alguna oscura conspiración de oligarcas protagonistas del imperialismo capitalista globalizante y expoliador (porque haberla la hay) sino, antes bien, se trata de una expresión más de uno de los corolarios más elocuentes de otro paradigma que si bien se inscribe también en la esfera de lo económico (de la naturaleza, en este caso) es muchísimo más fundamental e ineludible: me refiero a la estructura misma del universo, donde sin que para ello aumente ni disminuya en lo más mínimo la suma total de la energía (= materia, ya se sabe) que lo compone (fenómeno avalado por la primera ley de la termodinámica), todos los elementos “se crean”, “crecen”, “envejecen” y “perecen” (es decir, devienen en otras formas de esa misma energía/materia, y en el proceso aumenta inevitablemente la entropía que impone la segunda ley), en un ciclo iterativo que creemos saber cómo y cuándo se inició (aunque no por ni para qué, y yo me adhiero calurosamente a quienes sostienen que no existen sentido ni finalidad), pero nadie sabe a ciencia cierta cómo ni cuándo acabará. Vale decir, todo, absolutamente todo, desde los astros hasta las amebas pasando por las cucarachas, y evidentemente también nosotros los seres humanos (?), viene al mundo con un mecanismo integral de obsolescencia y extinción a plazo largo o corto pero siempre cierto. Claro está, siempre nos entristece, molesta y hasta subleva cuando algo o alguien intervienen de forma súbita y frecuentemente violenta para acelerar el proceso o precipitarlo, como podrían atestiguarlo esas no por asquerosas menos desdichadas cucarachas, de no haber tropezado con mi zapato o mi insecticida… Pero aunque no acabé de explayarme sobre este tema, del que podría seguir escribiendo interminablemente, sospecho que, suponiendo que hayas llegado hasta aquí, ya estarás harto de leer pavadas y disquisiciones ociosas que, aparentemente o no, no vienen al caso – así que me tomo y te doy aquí un respiro, prometiéndote sin embargo continuar pronto.

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